23 oct 2012

A través de la Fe, Dios hace nuevas todas las cosas

Hoy vamos a reflexionar sobre el regalo del año de la fe y por el cual Dios hace nuevas todas las cosas.


Este tiene que ser para todos un año especial, por eso el Papa nos propone en esta carta “Porta Fidei” que a lo largo de este Año, será decisivo volver a recorrer la historia de nuestra fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado. Mientras lo primero pone de relieve la gran contribución que los hombres y las mujeres han ofrecido para el crecimiento y desarrollo de las comunidades a través del testimonio de su vida, lo segundo debe suscitar en cada uno un sincero y constante acto de conversión, con el fin de experimentar la misericordia del Padre que sale al encuentro de todos.

La consigna de hoy será que nos compartas la historia de tu fe descubriendo un momento especial en que Dios se hizo presente en tu vida y te permitió empezar a caminar de un modo nuevo en la presencia de Jesús.

Cada uno puede recordar la historia de nuestra fe y descubrir en un momento, una gracia especial, un instante donde el Señor nos invita a seguirlo de una nueva manera, una experiencia religiosa que nos hizo ser cristianos comprometidos. La fe es un ponernos en la presencia del Señor, creer es algo fascinante sin el cual la vida se hace difícil de transitar.

Todos tenemos creencias que dan sentido a la existencia, a nuestra identidad y a nuestra pertenencia, pero la fe cristiana es antes que nada un don, un acontecimiento, una presencia de un Dios que nos ama hasta el extremo, irrumpe en nuestra vida respetando nuestra libertad y nos invita a vivir en amistad con él.

Creer es descubrir un Dios que nos llama, que nos invita a caminar con él y a ser testigos de su reino. Dios no solo existe sino que es parte de nuestra vida. Es verdad, Dios camina conmigo y yo camino con él.

Cada uno de nosotros tenemos un recorrido de nuestra fe, y te invito que juntos veamos ese modelo de la fe que es el patriarca Abraham, todos podemos ver en él algo que también nos acontece a nosotros. Porque la fe más que un acto racional es ante todo la experiencia de una presencia que desinstala. Leemos en Génesis capítulo 12, Sal de tu tierra, de tu tribu, de tu casa, de tu padre y ve a la tierra que yo te mostraré, ese es el movimiento esencial de la fe, la ruptura con un pasado cómodo, con seguridad y la marcha intrépida de un futuro desconocido. Sal de tu tierra un presente y ve a la tierra que yo te mostraré un futuro.

Así es nuestro Dios y así es el recorrido de la fe. El Dios de la historia irrumpe en nuestra historia y nos invita a caminar en su presencia teniendo a él como garante, dejando todo aquello que me pueda anclar en lo viejo para navegar mar adentro sin amarra, apoyándome solo en Dios.

En ese caminar de la fe, el hacia donde se diluye en una promesa. Dios no le da un GPS indicándole todo el camino y cómo va a ser el final, Abraham le dice, a una tierra que yo te mostraré, la fe tiene mucho de viaje pero más de aventura. El destino final queda en la promesa de alguien que me exige confianza, impone espera y solo me pide que sepa escuchar y caminar.

Por eso el apóstol Pablo que ha hecho también esa experiencia del acontecimiento acaecido en el camino hacia Damasco, no se cansará de repetir, yo sé en quién he puesto mi confianza (Carta a Timoteo II) así lo creyó y con pasión lo predicó. Pablo acometió trabajos difíciles, encontró oposición, hizo frente a peligros de muerte, pero podía con todo porque sabía y creía con toda el alma que Jesús no le iba a fallar. Esa era su frase predilecta, yo sé en quién he puesto mi confianza.

Como Abraham, como Pablo, el hombre que cree es alguien que porque cree, camina.

Camina, no con la certeza de saber todos los pasos del camino, sino que camina porque cree y confía en aquel que lo ha invitado a caminar.

Al hombre de hoy le gusta calcular, dentro de nosotros hay un contador escondido y un vendedor de seguros encubierto. Hoy nos gusta tener todo reservado, seguro y con el menor riesgo posible. De ahí que el caminar en la fe cause escándalo y sea para muchos una locura.

Por la fe, Abraham obedeciendo a Dios partió a ese lugar que iba a recibir en herencia, sin saber adónde iba, nos dice el texto de Hebreos 11, allí está la clave, lo auténticamente cristiano de nuestra fe.

Estamos celebrando los cincuenta años del Concilio Vaticano II, quiero compartir un texto de Karl Rahner, un teólogo que ha tenido mucha presencia en el Concilio, dice en su libro La Iglesia para los demás:

La situación actual de la técnica racional de la vida de este mundo tan científico, hace que la Iglesia debe despertar continuamente el auténtico acto fundamental de la fe, y nos advierte, el verdadero peligro, el adversario de la fe hoy, no es tanto la herejía sino un concepto fundamental de la apostasía, que aleja de una relación explícita y libre entre Dios y el hombre. Apostasía que es caminar sin la presencia del Señor, caminar solamente con mi seguridad.

Vamos a pedirle al Señor esta juventud del anciano Abraham, creo para caminar, me animo a caminar sin saber adónde voy pero sí sabiendo con quien voy.

Cada uno de nosotros puede ir descubriendo que esa historia sagrada que una vez estudiamos se transforma en verdadera historia de salvación.

La historia sagrada es estudiar una historia de hechos religiosos, de presencia de Dios en el pasado.

La historia de salvación es descubrir como Dios se hace presente en la historia de todos los seres humanos y por eso la historia de la salvación no ha terminado, Jesús a través de su Iglesia, de la presencia de acontecimientos que él misteriosamente los aprovecha para hacerse presente de un modo especial, podemos decir: creo en ese Dios que es el Emmanuel, el Dios con nosotros.

Estos testimonios nos van adentrando en esta certeza de que Dios camina con nosotros y en nuestra vida hay una historia de la fe.

Así como Abraham es el patriarca de la fe, el catecismo de la Iglesia Católica nos presenta a la Virgen María como la mujer de fe, la que creyó a lo largo de toda su vida, porque del sí silencioso acontecido en aquel día bendito de Nazareth llegó al sí al pie de la cruz.

Vamos a detenernos en el 13 y 14 de esta carta Porta Fide, Puerta de la Fe, con la cual el Papa nos ha convocado al año de la Fe que estamos comenzando, que dice:

Durante este tiempo, tendremos la mirada fija en Jesucristo, «que inició y completa nuestra fe» (Hb 12, 2): en él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección. En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación.

Aquí comienza una descripción de la historia de la Iglesia a partir de la fe de María, es un texto hermosísimo el que voy a leer ahora:

Por la fe, María acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios en la obediencia de su entrega (cf. Lc 1, 38). En la visita a Isabel entonó su canto de alabanza al Omnipotente por las maravillas que hace en quienes se encomiendan a Él (cf. Lc 1, 46-55). Con gozo y temblor dio a luz a su único hijo, manteniendo intacta su virginidad (cf. Lc 2, 6-7). Confiada en su esposo José, llevó a Jesús a Egipto para salvarlo de la persecución de Herodes (cf. Mt 2, 13-15). Con la misma fe siguió al Señor en su predicación y permaneció con él hasta el Calvario (cf. Jn 19, 25-27). Con fe, María saboreó los frutos de la resurrección de Jesús y, guardando todos los recuerdos en su corazón (cf. Lc 2, 19.51), los transmitió a los Doce, reunidos con ella en el Cenáculo para recibir el Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14; 2, 1-4).

Que hermosa historia de salvación que acontece en María por la fe. Dios quiera que nosotros podamos vivir todo esto por la fe, podamos vivir esta fe que se hace testimonio, que se hace entrega, porque la fe es el gran motor de nuestro caminar. Nosotros creemos y porque creemos vivimos todo esto tan hermoso.

La fe te moviliza, la fe te hace caminar, la fe te hace vivir tu historia de salvación y transformar la historia de los demás.

No solo María por la fe realizó muchas cosas porque el texto nos dice también, que:

Por la fe, los Apóstoles dejaron todo para seguir al Maestro (cf. Mt 10, 28). Creyeron en las palabras con las que anunciaba el Reino de Dios, que está presente y se realiza en su persona (cf. Lc 11, 20). Vivieron en comunión de vida con Jesús, que los instruía con sus enseñanzas, dejándoles una nueva regla de vida por la que serían reconocidos como sus discípulos después de su muerte (cf. Jn 13, 34-35). Por la fe, fueron por el mundo entero, siguiendo el mandato de llevar el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16, 15) y, sin temor alguno, anunciaron a todos la alegría de la resurrección, de la que fueron testigos fieles.

Todas estas son actitudes que nosotros debemos vivir, creer en las palabras que anuncian el reino de Dios significa también vivir en comunión con Jesús.

Por la fe, los discípulos formaron la primera comunidad reunida en torno a la enseñanza de los Apóstoles, la oración y la celebración de la Eucaristía, poniendo en común todos sus bienes para atender las necesidades de los hermanos (cf. Hch 2, 42-47).

Por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había trasformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor con el perdón de sus perseguidores.

Por la fe, hombres y mujeres han consagrado su vida a Cristo, dejando todo para vivir en la sencillez evangélica la obediencia, la pobreza y la castidad, signos concretos de la espera del Señor que no tarda en llegar. Por la fe, muchos cristianos han promovido acciones en favor de la justicia, para hacer concreta la palabra del Señor, que ha venido a proclamar la liberación de los oprimidos y un año de gracia para todos (cf. Lc 4, 18-19).

Por la fe, hombres y mujeres de toda edad, cuyos nombres están escritos en el libro de la vida (cf. Ap 7, 9; 13, 8), han confesado a lo largo de los siglos la belleza de seguir al Señor Jesús allí donde se les llamaba a dar testimonio de su ser cristianos: en la familia, la profesión, la vida pública y el desempeño de los carismas y ministerios que se les confiaban.

También nosotros vivimos por la fe: para el reconocimiento vivo del Señor Jesús, presente en nuestras vidas y en la historia.

El Año de la fe será también una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad. San Pablo nos recuerda: «Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de ellas es la caridad» (1 Co 13, 13). Con palabras aún más fuertes —que siempre atañen a los cristianos—, el apóstol Santiago dice: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos de alimento diario y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, abrigaos y saciaos”, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no se tienen obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: “Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe”» (St 2, 14-18).

Benedicto aborda acá un tema que le entusiasma profundamente, que lo ve como necesario hoy más que nunca vincular fe, caridad y esperanza.

La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino. En efecto, muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido, como el primero a quien hay que atender y el más importante que socorrer, porque precisamente en él se refleja el rostro mismo de Cristo.

Una vez le hicieron una entrevista a un periodista norteamericano que había pedido permiso a la Madre Teresa para acompañar todo un día de su actividad y terminada la jornada, al despedirse el norteamericano, le dice: yo realmente le admiro, yo no hubiera hecho todo lo que usted hizo por un millón de dólares, y la Madre Teresa lo cortó y le dijo, yo tampoco; lo hago porque creo que Jesús está detrás de cada uno de aquellos que he socorrido.

El amor, la solidaridad en la fe, se transforma en un acto de cercanía al hermano y de verdadera adoración, por eso la fe impregnada por la caridad es la que me ayuda a actuar con amor, y cuando el amor tiene el fundamento de la fe, tiene una fuerza especial, porque no solo es un acto humano de acercamiento y solidaridad sino que es un acto teológico de adoración. La Madre Teresa adoraba a Jesús Eucaristía en el altar y después seguía en contacto cuidando y abrazando a ese Jesús pobre que lo encontraba detrás de cada uno de esos rostros que la providencia le permitía acercarse.

Juan Pablo II insistirá que el amor al pobre no solo es un acto de solidaridad, es un acto de fe cristológico.

Gracias a la fe podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro del Señor resucitado. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40): estas palabras suyas son una advertencia que no se ha de olvidar, y una invitación perenne a devolver ese amor con el que él cuida de nosotros. Es la fe la que nos permite reconocer a Cristo, y es su mismo amor el que impulsa a socorrerlo cada vez que se hace nuestro prójimo en el camino de la vida. Sostenidos por la fe, miramos con esperanza a nuestro compromiso en el mundo, aguardando «unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia» (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1).

La fe no nos hace huidizos de la historia, no nos hace fugitivos de la historia, nos pone mirando al cielo pero para construir la tierra. Nos pone trabajando en la tierra para un día gozar definitivamente de la presencia de aquel a quien en la tierra le rezamos, lo socorrimos, lo asistimos. Que hermosa visión, como nos unifican estas virtudes.

Permítanme terminar con esta advertencia que nos hacía un teólogo que estuvo muy cerca del Concilio, hoy puede haber un peligro de apostasía que puede ser sutil, incluso esconderse bajo la forma del bien y se puede dar en la vida de muchos creyentes y no practicantes, consiste simplemente en no dejar a Dios ser Dios, a querer hacerle decir a Dios lo que yo quiero, de esta manera domesticamos a Dios, interceptamos sus caminos, lo reducimos a una ideología y con mucha voluntad buscamos que se incorpore a nuestra forma de pensar. Al Dios de la vida lo volvemos a matar nuevamente y de esta muerte ya Dios no puede resucitar porque si nosotros no somos capaces de abrir la puerta de nuestro corazón a su gracia y a su novedad, él no puede hacer nuevas todas las cosas.

Por eso en este año de la Fe que iniciamos, animémonos con toda la Iglesia a nacer de nuevo, creer que él puede hacer nuevas todas las cosas incluso transformar el corazón de este practicante un poco aburguesado, gustador de las orillas y de las seguridades en un sencillo peregrino de la fe, que camina simplemente confiado en la certeza y la presencia del Señor porque cree.

Terminamos con una hermosa poesía:

Quien no se lanza mar adentro
nada sabe del azul profundo del agua,
ni del hervor de las aguas que bullen.
Nada sabe de las noches tranquilas,
cuando el navío avanza
dejando una estela de silencio.
Nada sabe de la alegría
de quedarse sin amarras,
apoyado solo en Dios,
más seguro que el mismo océano.
Desventurado aquel que se queda en la orilla
y pone toda su esperanza en tierra firme,
la de los hombres razonables,
calculadores, seguros de sí mismos,
que imaginan ser ricos y están desnudos,
que creen construir para siempre
y solo amontonan ruinas que siempre les traicionan.

(fuente: www.radiomaria.org.ar)

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